Una carta abierta a los colegas que se creen demasiado buenos para un perro sin raza
Hay que decirlo de una vez por todas, aunque a muchos les incomode: si te rehúsas a entrenar a un perro solo porque es criollo, no eres un adiestrador. Eres un snob con correa en la mano. No estás en esto por vocación, estás porque te encanta el show de sentirte importante al lado de un perro de 60 mil pesos con pedigree importado, aunque no sepa ni sentarse.
Y sí, lo estoy diciendo así de claro, porque estoy harto de ver a colegas —o mejor dicho, farsantes con clicker— rechazando casos solo porque el perro “no tiene raza”.
¿Desde cuándo un perro necesita un papel para merecer educación, guía, estructura? ¿Desde cuándo un ser vivo tiene que traer “marca registrada” para que tú, oh gran adiestrador, le pongas atención?
Porque no es solo que no los atienden. No. Hay quien es tan cobarde que ni siquiera responde el mensaje cuando el cliente menciona que su perro “es criollo”. Otros tienen la desfachatez de decirle en su cara: “No vale la pena entrenarlo, señora, es criollo”.
¿Perdón? ¿No vale la pena? ¿Y tú sí? ¿Cuál es tu mérito, además de sabértela con perros diseñados genéticamente para obedecer con mínima resistencia? ¿Dónde está tu trabajo real, tu capacidad técnica, tu criterio como profesional del comportamiento canino?
Los criollos, señores, no son basura reciclada. Son perros. Y a veces, son mejores perros que muchos de esos “campeones de línea europea” que se mean en el ring de trabajo porque se les cayó el ego del guía. Los criollos vienen con un extra: historia. Algunos han sobrevivido al abandono, a las calles, al hambre, a la negligencia. Si eso no te parece suficiente motivo para darle estructura y dignidad a través del entrenamiento, mejor cámbiate a vender croquetas.
Y vamos más allá: si tu criterio profesional es tan frágil que solo puedes trabajar con un perro que ya trae media obediencia instalada en el ADN, entonces admítelo. No sabes entrenar. Solo sabes posar.
Un verdadero adiestrador trabaja con lo que tiene enfrente. Con el perro que llega. Sea un pastor belga con 14 títulos o un perro sin raza rescatado de un basurero. El objetivo no es el linaje, es el vínculo. La transformación. El cambio.
¿Te parece que un criollo “no tiene potencial”? Perfecto, vamos a medirlo. Pongamos a tu malinois de Instagram a convivir una semana en un barrio sin reja, con ruidos, niños, motos, y tentaciones en cada esquina. A ver quién regula mejor su impulso. A ver quién es verdaderamente estable. Porque muchos criollos traen calle, y eso no se entrena. Se honra.
Así que la próxima vez que te llegue un cliente con un criollo, y te dé flojera porque no se ve bien en tu portafolio, haznos un favor a todos: cuelga el arnés y dedícate a otra cosa. Porque aquí, en el mundo real, los perros de verdad no siempre tienen pedigrí. Pero sí tienen derecho. Y necesitan profesionales, no estatuas con camiseta bordada. Y pasale mis datos YO SI TRABAJO CON CRIOLLOS.
Firmado:
Eduardo Retif: Un adiestrador que no discrimina por origen y que cuido y resguardo a varios criollos rescatados
(y que sí entrena perros de verdad)
