Otra vez estoy aquí, escribiendo unas líneas con las cuales quiero relatarles cómo fue que llegué aquí, a este lugar y a este momento.
Cuando era pequeño y aún no podía tomar decisiones en casa, me encariñé con un perrito de la calle, él tenía el pelo largo, blanco con gris y era chaparrito, lo llamé Rufo y me tomó cerca de 20 días convencer a mi mamá para dejarlo entrar a casa, un error le costó a Rufo regresar a las calles: se orinó en la estufa y mi mamá no lo toleró.
Pronto, mi abuelo nos regaló una perrita a la que llamamos Bonnie, ella era una cruza de Fox terrier de pelo corto con Chihuahua y durante muchos años ella fue nuestra única compañera, yo era pequeño y le jugaba bromas pesadas y la convertí, sin querer, en una perrita muy poco tolerante. Años después, llegó Tanny a mi vida, una hermosa Airedale terrier que uno de mis tíos me regaló. Tanny era tranquila y relajada y durante algún tiempo todo marchó bien en nuestro hogar: Bonnie y Tanny no eran amigas, pero se aceptaban. Mi mamá consentía únicamente a Bonnie pues era su compañera, mientras que Tanny pasaba todo el tiempo conmigo. A Bonnie le daban huesos de chamorro y a Tanny no. Pero eso no le molestaba hasta que Bonnie la mordió del cachete sin razón alguna, ese momento marcó la vida de ellas pues las peleas se hicieron frecuentes y cada vez más intensas. No obstante, adoptamos a una perrita de la calle: Canelita. Y no conforme con eso, nos mudamos a Xalapa.
En Xalapa, las cosas no cambiaron mucho, aunque Tanny ya no tenía un marcaje personal contra Bonnie pues “corregía” o castigaba a Canelita de vez en cuando. A Canelita le diagnosticaron un TVT (tumor venéreo transmisible), ella recibió el tratamiento adecuado y lo pudo superar; sin embargo, Bonnie y Tanny nunca pudieron superar sus problemas; aún recuerdo, como si fuera ayer, una pelea entre ellas que fue, por mucho, la más salvaje. En ese momento mi madre decidió regalar a Bonnie con su hermana, mi tía, con la que estuvo relativamente bien muchos años hasta que se envenenó con un raticida. Y así fue pasando el tiempo y Tanny “corregía” con más fuerza a Canelita. Nosotros no teníamos los recursos para contratar a un profesional para que pudiera ayudarnos.
Tanny causaba “problemas”, recuerdo que una vez escapó de casa y se comió a la gallina de un vecino y mi mamá tuvo que pagar “los platos rotos” y ésta es una de otras cosas que ya no recuerdo bien. Lo que sí recuerdo es que empecé a leer Drácula de Bram Stoker y me dio mucho miedo, por lo que metía a escondidas a dormir conmigo a Tanny y a Canelita. Ellas, desafortunadamente, siempre fueron perritas de patio.
El tiempo siguió pasando y mi mamá decidió buscar ayuda profesional: un entrenador en Coatepec, Veracruz; aunque, no fue la ayuda que yo imaginé. Ella le buscó un nuevo hogar a Tanny y argumentando que nadie quería adoptar a Canelita por no ser de “raza” me forzó a aceptar que se la llevaran, ya que Tanny tenía pedrigree. Regalar a mi perrita fue la solución ¡qué ironía! Y a las tres semanas mi madre llegó a casa con una Cocker spaniel a quien llamamos Sombra. Siempre la quise y la respeté, pero muchos sentimientos encontrados vivían en mí porque siempre he sentido que mi mamá quiso reemplazar a mi compañera. A pesar del amor que sentí por ella, logré entender que los compañeros son familia y no son reemplazables. Perder a Tanny fue muy doloroso, aún recuerdo todas las noches de lágrimas y de sentimientos de impotencia, coraje y otros que me acechaban continuamente. Entendí que tenemos que trabajar y esforzarnos y así conseguir que nuestros perritos se comporten como queremos o necesitamos, claro que sí podemos lograr que un perro agresivo deje de serlo: es un proceso, es trabajo y convicción.
La pérdida de Tanny fue un detonador que me llevó a investigar y fue en ese momento en el que descubrí el entrenamiento canino, sin embargo, éste no me bastó porque seguía sintiendo áreas de oportunidad y vacíos. Seguí buscando y esa búsqueda me condujo a la Etología, para mí: el Santo Grial. Empecé a estudiar, aprendí a observar y tuve mis momentos de práctica en Coatepec. Me apoyé en un entrenador canino y con él busqué ayuda y consejos, en ese momento apenas estaba estudiando el bachillerato. Poco a poco empecé a tomar más y más cursos formales presenciales, en línea y me comprometí conmigo mismo para poder ayudar a las familias que tuvieran problemas con sus compañeros no humanos para que se olviden de regalarlas o sacrificarlas y mi compromiso más profundo es con todos los niños, para que no tengan que vivir lo que a mí me tocó. Yo fui marcado por ese evento y doy las gracias, a pesar de todo, pues me trajo aquí, justo donde quiero estar.
Hoy, yo sé que mi mamá tomó las decisiones que estaban a su alcance, lo que ella creyó que era correcto y no guardo ningún resentimiento o juicio hacia ella: hizo lo mejor que pudo y supo. Aunque esa herida siempre seguirá latente y es gracias a ella que pongo lo mejor de mí en mi trabajo diario.
He recibido mordidas, arañazos y picotazos, por mencionar algunas lesiones, sin embargo mi trabajo lo hago con mucho amor y fuerza y de ese modo sé que contribuyo con los que me necesitan. Me gusta creer que llevo paz y reconciliación a mucha gente, a muchas familias.
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Y recuerda. NO BASTA CON QUERERLO COMO ÉL A TI.